Nunca
he visto mayor expresión de felicidad en la cara de alguien, que el día en que le dijimos a mamá que nos
íbamos de casa. Ese mismo día papá decidió dejar de beber.
Creímos
que ya era tiempo de tomar las riendas de nuestras propias vidas y no estar
siempre dependiendo del arbitraje de nuestros padres.
Mi
hermano Manolo y yo alquilamos un pisito en la otra punta de la ciudad, lo más
lejos posible de la casa paterna, y no es que no quisiéramos estar cerca de
ellos, que no era ése el caso, sino que pensamos que papá y mamá necesitaban
tomarse un respiro y perdernos de vista; al menos por un tiempo.
Desde
niños no fuimos, lo que se dice, unos chicos fáciles. Pasábamos el día entero
peleando. Incluso creo que -en la gestación- Manolo me intentó estrangular; si no, ¿cómo se explica que naciera con una marca amoratada de unos dedos en mi cuello?
¿Motivos?... A cientos. Que si por el biberón, a ver a quién se lo daban antes. Por
los juguetes o por el color de la bici. Por el traje de comunión; yo quería de marinero y él de almirante de gala, y
siempre la bronca más gorda se disputaba a la hora de elegir la indumentaria para el derby Madrid-Atleti… Manolo es sufridor por naturaleza.
No recuerdo ni un solo día de nuestra vida en el que hubiéramos
tenido paz. Mamá siempre decía que había que "llevarse bien… Como buenos
hermanos" o que teníamos que "compartir las cosas… Como buenos hermanos", pero lo
cierto es que no pudo ser. Papá, hombre pacífico y simpático –según decían los
vecinos- nunca pudo soportar tanta hostilidad y se dio a la bebida.
Así
que el día en que, sentados a la mesa de formica de la cocina, les comunicamos a nuestros sufridos padres que
nos íbamos de casa fue toda una fiesta. La primera fiesta de verdad en muchos años. Hasta
arroz con leche hizo mamá de postre que era la única cosa del mundo que a los
dos nos gustaba. Bien es cierto que a Manolo se lo hacía siempre más caldoso y sin
canela. Al acabar la velada papá vació tres o cuatro botellas de licor por el
fregadero y lanzó una mirada tierna a los ojos llorosos y felices de mamá. Incluso se atrevió a contar un chiste de Arévalo.
En
el piso confeccionamos una lista de reglas a cumplir. Por ejemplo, si
invitábamos a una chica, o con el volumen de la música, o con la posesión del
mando de la tele… Y parece que la cosa está funcionando a las mil maravillas.
Esto es como todo y, día tras día, le repito a mi hermano Manolo:
“¿Ves
como si uno se lo propone no es tan difícil llevarse bien?... Hagamos que
florezca la armonía… Como buenos siameses.”






















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