23 diciembre 2012

Jhony Veinte






Mi nombre es Veinte, Jhony Veinte, y no recuerdo dónde nací. Lo que sí sé es que no me queda mucho tiempo.

Llevo años viajando por el mundo. He cruzado fronteras sin mostrar nunca mi identidad; jamás fue necesario. He paseado al lado de chicas maravillosas y compartido sábanas con ancianas solitarias.

Me vi involucrado en un asunto turbio relacionado con drogas. No era la primera vez. Recuerdo una tremenda reyerta por unos gramos de coca. En ese escenario estaba yo, impasible, como un tipo duro y frío, casi diría que valiente y altivo. Ese día había salido "a pillar algo" con Alex, un gran cabeza loca,  empeñado desde chico en complicarse la existencia. ¡Con la buena vida que habría podido llevar!...

Tras la tremenda trifulca me separé de él. No tengo grandes recuerdos de lo que sucedió a continuación porque, creo, que iba un poco "puesto".
Después de muchas vueltas recorriendo bares de copas conocí a Graciela; hermosa mujer. Trabajaba en la calle y alquilaba su cuerpo al mejor postor.

Esa noche decidió acabar temprano y nos retiramos a su casa. Y digo nos porque fui con ella. Entró descalza con sus zapatos en las manos, sin hacer ruido. Se dirigió al lavabo. Le observé mientras se desmaquillaba los ojos con un aceite de baño barato, de esos que se utilizan para niños. Se quitó la ropa de trabajo y se dirigió hacia una pequeña habitación donde un pequeñito soñaba en su cuna. Se acercó a su carita y le besó con ternura. Comprobó con los labios la temperatura de su frente y respiró profundo. Creí ver lágrimas en sus ojos, aunque pudiera ser el aceite que se acababa de aplicar. Al lado, una mujer  dormitaba su cansado cuerpo en una silla.

    -Buenas noches, Laura. ¡Venga, despierte y vaya a su casa que es tarde!  Aquí tiene su dinero...
    -Gracias, señorita Graciela.

Acompañé a Laura.  Su casa era apenas una habitación en un chamizo que compartía con tres niños. La estancia se componía de dos colchones, una mesa con cuatro sillas y dos maletas (curioso mobiliario). Cuando llegamos, una niñita de siete u ocho años se levantó descalza y se abalanzó al cuello de la madre besándole con amor.
Laura se quedó dormida abrazando a su ángel, porque así era como llamaba a la niña. Observar esta escena me enterneció, lo confieso.

En pocas horas amaneció. Laura se levantó con un sigilo sacramental para no despertar a sus hijos. Quería que ese día fuera especial porque su pequeño Manu, cumplía tres años. Iba a comprarle una tarta y un regalito y lo celebrarían todos juntos, en familia. Desde hacía algún tiempo no podía dar mucho a sus hijos; ni siquiera tiempo. Las cosas no habían sido fáciles para ella y decidió huir de su cárcel de golpes para comenzar a respirar... Vivían, practicamente, escondidos en esa habitación de la que Laura solo salía para echar una horillas limpiando casas o cuidando niños. Pero se había jurado que su mundo iba a cambiar y la tarta para Manu no faltaría ese día.

Perdí la pista de Laura en la caja del Súper, pensé que me había dado esquinazo. Allí, una cajera se fijó en mí. Me sentí casi halagado que, entre tantos, posara su mirada precisamente en mí...
      -Míra, Clara ¡qué viejo!... Hmm, habrá que dárselo al encargado... está tan deteriorado.
      -Sí... Observa, alguien escribió su nombre en este billete de 20€... "Jhony ... 20".




Porque sí, eso es lo que soy, tan solo un billete de 20€ ... Pero, con mucha imaginación.

Sabía que mi tiempo se agotaba.  Uno se da cuenta de estas cosas y más cuando se emiten campañas de recogida de billetes usados. Son cuestiones de sanidad... Lo entiendo.

He viajado, vivido y pasado por tantas manos y tantas carteras, que podría escribir un libro. Esto de ser un cuenta-cuentos lo pensé demasiado tarde. Aquí queda la historia de mi último día y del epitafio que alguien escribió, algún día en rojo, para mi:

Jhony 20


11 diciembre 2012

Los ojos de Lucía





Desde que alcanzo a recordar, Abuela siempre tuvo entre sus manos una libreta donde pasaba el tiempo escribiendo. Si llovía, encontraba inspiración en el agua. Cuando lucía un sol de justicia se asomaba por la ventana y, deslumbrada por la luz, tomaba su cuadernito y escribía. La nieve le proveía de mil motivos para llenar de anécdotas su pequeña agenda. Cada vez que evoco su memoria me viene a la mente la visión de una gran mujer menuda llenando páginas y más páginas de letras.

Mi madre decía que lo hacía para entretenerse con sus recuerdos de vida. Mamá se equivocaba.

Abuela completó numerosas libretas, cada una de color diferente a la anterior, que ella misma numeraba como si se tratase de los tomos de una gran enciclopedia.

Quizá la última imagen que impregnó mi retina fue la de una de sus agendas caída en el suelo. Frente a ella, callada y asustada, mi abuela Lucía observando nada por la ventana. Abuela sabía.

Sabía que el olvido quería adueñarse de su vida y robarle, uno a uno, todos los pasajes de su historia. En casa no supimos darnos cuenta a tiempo y cuando el médico puso nombre a su dolencia ya era tarde para cualquier tratamiento. El mal galopaba de forma veloz y despiadada. 



Tras la caída de su última libreta Abuela dejó de escribir y, en cierto modo, también dejó de ser.  Fue entonces cuando decidí arañar minutos al día para sentarme a su lado y leerle sus textos en voz alta. En esos momentos las manillas del reloj parecían correr hacia atrás. Presa de un encantamiento me transporté a su niñez donde conocí a sus padres, mis bisabuelos, y a sus mejores amigas de la infancia. Viví la ilusión en su noche de Reyes donde, con una simple naranja como regalo, se convertía en la niña más feliz del mundo. Conocí su escuela, que apenas le aportó las “cuatro reglas para manejarse en la vida”... He notado que, al escuchar estos fragmentos, abre mucho los ojos y muequea una sonrisa. Pienso que, por unos momentos, le roba protagonismo a su enfermedad y es su prodigiosa memoria, plasmada en cuadernos de celulosa, la que invade todo el espacio. Estaba convencida, y aún lo sigo estando, de que existía algo mágico en sus historias que la retuvieron más tiempo del previsto con nosotros. 

Le leí de su marido, el abuelo, un hombre severo, y he sabido que fue el único amor de su vida. También he conocido que no le hizo la vida fácil.  No cuenta grandes detalles pero entre lo que dice y lo que calla he comprendido lo mucho que sufrió...  La mayor parte de sus escritos hablan de sus hijos y de lo feliz que fue desde que los sintió en su vientre. El abuelo murió joven y ella luchó para sacar la familia a flote. ¡Y cómo luchó! 


Cuántas cosas he aprendido de mi madre y de mis tíos. Me emocionó leer mi primer día de guardería y lo que lloré... y lo que lloró. Mis suspensos con el bendito carné de conducir y las velas, que le ofreció por docenas a una estampita de San Judas, demandando el milagro... El esguince de Miguelín; la graduación de Rosalía; el divorcio del tío Miguel y su segunda boda; la opción sexual que nunca entendió del todo de mi hermano Manolo; el primer tatuaje de Maribel o aquel caballero que conoció un día de primavera en el parque y con el que nunca consintió llegar a más...

Sé que lucha por no sucumbir pero presiento que cada vez está más lejos y temo no disponer de tiempo suficiente para poder leerle todo. Lo que comenzó siendo algo entre las dos se ha convertido en una gran reunión familiar. Cada tarde sus libretas pasan de mano en mano entre sus hijos y nietos y uno a uno todos le vamos leyendo. Tengo miedo de llegar a la última letra de la última página porque pienso que la magia, que ha hecho posible mantenerla con nosotros este tiempo, desaparezca y termine por abandonarnos…

Mamá se equivocaba, y ahora conozco que Abuela comprendió antes que nadie lo que le ocurría y peleó mientras le fue posible recopilando, uno a uno, todos los recuerdos e ilusiones que guardaba en su interior. Nos dejó el mayor  regalo de nuestras vidas: la historia escrita de nuestra familia.

Cuando Abuela dejó de estar, recopilé todas sus agendas y hoy, con la misma pluma con la que ella escribía, firmo “Los ojos de Lucía” en una afamada librería y continúo trabajando en el empeño de mantener vivo su recuerdo.





30 noviembre 2012

Pero ¿qué invento es esto?



Esta mañana me he levantado dispuesta a hacer cosas nuevas en este espacio bloggero; voluntad no me falta, pero no sé si logaré continuidad. 


La sección se titulará "Pero ¿qué invento es esto?" en homenaje a Sara Montiel. Creo que fueron sus palabras a los periodistas al salir de un juzgado de Alcobendas, cuando le pillaron casándose con un cubano y tenía apalabrada la exclusiva. 

Dudé entre este título o el de "Dientes, dientes, que eso es lo que les jo** ", protagonizado por la Pantoja. Como esta última está siendo juzgada, he sentido miedo de que, al estar falta de cash, me pueda reclamar derechos de autor por el uso de sus palabras. 


Al final, dejo la de Sara. 

La sección será el "cajón de sastre" de la administradora de este blog. Osea que meteré cualquier cosa de cualquier temática y aceptaré vuestras aportaciones, si alguien tiene algo absurdo y breve que contar. También voy a incluir mis por qués más existenciales, o no.

Quiero comenzar hablando de mi experiencia en los premios Bitácoras.com; diré que me encantó y que repetiré en el 2013. Con una participacion de 20.000 blogs no quedé mal del todo. El día de la gala de entrega de premios conocí a los creadores de dos blogs ganadores (gente que hizo la EGB, como yo, y a unos pelones que apuestan por el lema #donamédula pasa salvar vidas)... Se me saltaron las lágrimas con los segundos y tan enfrascados estábamos en la conversación que el vigilante nos tuvo que decir que era hora de cerrar. Una experiencia de 10, aunque pasé hambre porque no sirvieron ni un triste canapé... tan solo bebidas.



Actualmente estoy en otro concurso, el que convoca el periódico 20 Minutos, y en febrero asistiré a otra fiesta de entrega de premios. Le he cogido el gustillo. Poseo el espíritu olímpico: "lo importante es participar" (¡jod**! pero quiero ganar alguna vez). Así que quien quiera apuntarse está a tiempo hasta el día 3 de diciembre. Espero poder degustar alguna vianda esta vez y conocer a los que vayáis.



Algo que me quita el sueño es por qué Ruiman dió esa espantá en el programa "La Voz". Dicen que el peluquero no le atendía bien; que le ponían ropa muy fea; que le sentaban al final; que le pasó no sé qué con su cuenta de twitter... Fuere lo que fuere, estuve como una boba pegada al televisor para saber qué era lo que había pasado con él y como suele pasar en este tipo de programas de tele 5 (que no son claros) no me enteré de nada. No resuelven conflictos para volver a tener tema de conversación para cuatro o cinco programas más.



Me pregunto a diario por qué no me cae bienTerelu. Hoy he leído que a su madre le ha dado un ataque de ansiedad porque ha recibido 400 llamadas de teléfono (ojalá las hubiera tenido yo en facebook para el concurso bitácoras) y se ha sentido acosada. Bueno, eso sí que está siendo la bomba. Dicen que una web ha publicado los teléfonos de un montón de personajes famosos y famosillos y están siendo bombardeados por cientos de personas que quieren escucharles o insultarles o ¡vaya usted a saber! Yo no me gastaría ni un céntimo en llamar a tanto chipiritiflaútico.



Me gustaría saber qué ha sido de Ana, la del dúo Enrique y Ana. ¿Dónde vive? ¿Sigue cantando? ¿Se ha casado? ¿Escribe en un blog? ¿Se ha retirado a un convento? ¿Está secuestrada por Enrique del Pozo? No sé por qué, pero tengo curiosidad por esta chica desde hace mucho tiempo.




En Madrid, donde yo vivo, solo nos dejan sacar la basura reciclada para el contenedor amarillo los martes, jueves y sábado y me pregunto ¿por qué? Si ya pagamos la tasa de recogida de residuos ¿por qué solo tres días a la semana? Este tipo de envases ocupa mucho sitio en las cocinas y me cabrea esta nueva tontería absurda del ayuntamiento, máxime cuando los camiones de recogida llevan parafernalia para recoger los orgánicos y los del contenedor amarillo. 
Tontería que no ha sido la única porque hay otra más y es que los funcionarios municipales podrán revisar el contenido de las bolsas de basura para comprobar que se recicla correctamente. Si se descubre que no es así se intentará por todos los medios encontrar una pista (un recibo mal roto, un sobre, unos apuntes, adn depositado en algún recipiente de látex, un frasco de colonia... no sé) que delate al vecino infractor, sobre el que caerá un multazo de hasta 750€ . Si no se le localizare, pagará la comunidad. ¡¡Estamos todos locos o qué!!  ¿Es esto sano?



¿Por qué los gitanos rumanos del Paseo de la Castellana la tienen tomada conmigo y con mi coche? 
Se me acercan con la botella de coca-cola llena de limpiacristales. Cuando les veo aproximarse voy negando con la cabeza. Les miro a los ojos, que me han dicho que funciona eso de mirar cuando dices no. Ni p. caso. 

Empieza a echar el líquido en la luna. Con el dedo índice, de derecha a izquierda, apoyo el gesto de negación de mi cabeza y sigo mirando fíjamente a los ojos del señor rumano. También digo "no" con la boca. Me mira y me sonríe dejando entrever un dientecillo de oro. Después pasa el chisme ese y me quita el jabón... Dejo de mirarle porque sé la que se avecina. Giro la cara hacia la ventanilla contraria. Empieza a dar golpecitos en el cristal..  Le vuelvo a decir que no, y el muy capu*** me levanta los limpiaparabrisas como si fueran los pitones de un mihura saliendo a algún coso taurino. Se pone el semáforo verde y, así, con los limpias de punta (y con las risas del resto de conductores) sigo la marcha sin  bajarme del coche. Tres veces en el mismo mes... y ya no puedo más con la vida.




Hasta aquí llegamos hoy con este cajón de sastre.











 

21 noviembre 2012

Un regalo muy especial




Llueve. El otoño se ha dejado caer de repente, casi sin avisar. Paula acaba de salir de un exclusivo centro comercial, cargada de bolsas, y la lluvia le ha pillado desprevenida. Con el paso acelerado se dirige al cobijo de una cafetería. La barra del local está atestada de personas que, como ella, han buscado un refugio rápido para escapar del agua. Al fondo hay una mesita libre frente a un gran ventanal. Un camarero se le acerca para tomar nota de lo que desea, recomendándole el cappuccino de la casa. Acepta la sugerencia; está muy destemplada y le sentará bien algo caliente. El cristal de la ventana le devuelve un reflejo de su imagen algo descompuesta y diferente a la que acostumbra a mostrar. Está tan empapada que la camisa se ha adherido a su cuerpo como si de una segunda piel se tratase, insinuando a la perfección sus generosos pechos; el pelo goteando aún por su espalda, el rímel corrido y el eyeliner desdibujado… Abre su bolso del que saca un pequeño espejo redondo donde contempla, con una mueca divertida, los estragos del aguacero. Un desconocido, desde la barra, ha estado observando minuciosamente todos sus movimientos sin poder apartar los ojos de ella. Paula ha sentido esa mirada penetrante, como un escalofrío recorriendo su cuello y se ha vuelto instintivamente para comprobar la procedencia. A poco más de un metro ha encontrado al dueño de esos ojos incisivos que la estaban taladrando y, en el cruce de miradas, no ha podido evitar ruborizarse. “Dios, qué forma de mirar”, se ha dicho para sus adentros.


El camarero le ha servido un cappuccino humeante. Se dispone a tomar el primer sorbo cuando, frente a ella, el hombre le solicita permiso para sentarse a su lado. Paula asiente. Es un tipo atractivo, de unos cuarenta años, canoso en las sienes, cejas cuidadas, pestañas largas y pobladas, ojos oscuros y penetrantes que le hacen sentirse desnuda, labios gruesos y perfectamente dibujados, barba de dos días y una sonrisa muy seductora. El corazón de la mujer ha comenzado a retumbar acelerado cuando el galán, sin mediar palabra, ha acercado con ternura su mano hacia la mejilla de ella, aún sonrojada. Paula ha girado el rostro buscando con su boca un acercamiento más íntimo y en el contacto ha depositado un tímido beso en la suave mano del caballero. Este breve roce ha sido el detonante para la serie de caricias que, en los instantes siguientes, le han recorrido los labios por entero. Ni un solo milímetro de su boca ha quedado por explorar. Hubiera deseado poder abrirla y participar del juego, degustando el sabor de tan cálidos dedos pero se siente paralizada. La temperatura ha subido tanto y de manera tan súbita que su blusa ha perdido la humedad, no así ella. Vuelve a tomar la taza entre sus manos temblorosas dando otro sorbo al café, ya casi frío. Un poco de espuma se ha quedado sobre el labio de Paula; espuma que él, en un sensual gesto, recoge con la punta de su dedo llevándoselo después a su boca, donde sus jugosos labios parecen disfrutarla. Paula se siente sin fuerzas, cautivada y entregada al juego seductor de un desconocido, que le acaba de robar la voluntad.



Fuera, la lluvia ha cesado y las personas comienzan a abandonar el recinto. El hombre se levanta de la silla aproximándose despacio hacia su rostro, muy despacio, intentando hacerle saborear el deseo que ambos comparten. Lo ha visto en sus ojos; los mismos que, ante su proximidad, ella ha cerrado en espera de un desenlace apremiante. Los labios le han comenzado a besar despacio; recorriendo su cuello de manera suave, lenta, haciéndose apetecer, dibujando un largo camino hacia la boca… para terminar posados sobre los suyos en una tentativa de beso entre labios, que apenas ha sido un tímido roce. Un primer contacto, demasiado fútil para ambos, que da paso al instinto primitivo del beso con pasión, ése que invita a las sedientas lenguas a explorarse cada vez un poco más allá…

Con los ojos aún cerrados, ha tomado aire intentando llenar sus pulmones de todos los aromas que embriagan sus sentidos, humedeciendo sus labios una y otra vez, en un intento de saborear y retener de nuevo el beso. Al volver a la realidad y abrir los ojos, el desconocido de mirada penetrante ha desaparecido, dejando en ella una excitación extremadamente placentera.

Paula no sabe con certeza cuánto tiempo ha pasado sentada en ese limbo de sensaciones en el que ha estado sumida, aunque le ha parecido muy breve. Apenas queda ya nadie en la cafería. La mujer recoge sus bolsas y sale del local rumbo a su casa. Allí, le espera su marido. Hoy es su aniversario y se ha comprado lencería de ensueño, ésa que a él tanto le seduce. Presiente que este encuentro furtivo no ha sido fruto de la casualidad, y entiende que su esposo esta vez sí ha logrado sorprenderla con un regalo muy especial… 
Lo que está a punto de suceder esta noche, entre sus sábanas, no está escrito aún en ningún lugar.

 

10 noviembre 2012

Modas. Si no las sigues, eres nadie (no apto para personas sensibles)



De cuando en cuando me encanta bucear en las modas.  Me refiero a esas tendencias repetitivas de ropa, accesorios, estilos de vida o maneras de comportarse, que marcan o modifican la conducta de las personas y que son seguidas por cientos, miles o millones de personas.

No sé si lo que a continuación se va a ver tendrá muchos adeptos o no,  pero son cosas que están de actualidad y son secundadas por... unos cuantos modernos. A mí lo que me gusta tratar son las aptas, tan solo, para exquisitas minorías.



Comencemos por las escarificaciones.
Consiste en producirse cicatrices por cortes en la dermis. Pueden ser superficiales o más profundos; a gusto del moderno que se precie.


 Con un cúter y unas pinzitas se puede comenzar a trabajar.

 
Las heridas producen una costra que por lo general es de color oscuro, resultante de la muerte de tejido vivo.

 Bueno, ya no más porque -personalmente- lo encuentro algo desagradable.
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Hace ya unos meses hablé del rimmel espeso. Esta máscara da profundidad a los ojos y carga de belleza la mirada.



Si no fuera porque no es rimmel, sino patas de mosca... Argggggg!


Esta idea se le ha ocurrido a una artista, de nombre Jessica Harrison y se llama "Fly Lashes". Para los que controlen el inglés, les irán sobrando los añadidos que incluya en el texto. Para los que no, explicaré de qué va esta nueva forma de "hacer arte"...

Consiste en utilizar las patas de mosca para hacerte tus propias pestañas, adhiriéndolas al párpado con un pegamento especial. 
Aplicando un poco de zoom, lo veremos mejor:



Otra moda curiosa es ésta: The bagelhead.


 Se trata de algo inusual que está cobrando fuerza entre los jóvenes japoneses, conocida como ‘The bagelhead’, que consiste en lucir una protuberancia de agua salada inyectada en la piel.




Y aún hay más modelos de inyección... Pasen y vean que no tienen desperdicio.


Se puede presionar hasta conseguir el "efecto donut" deseado.




Preciosos, la verdad...


 Y seguimos porque si no se está a la moda no se es nadie...

Los multitaladros y multipiercing.


 
Éste de abajo me encanta: se ha hecho un agujerito para sacar la lengua por la barbilla.
 Así puede elegir la modalidad de beso (con o sin lengua). No me digáis que no es un amor.




 Y para terminar, el último grito... Tatuarse los ojos.


Este tipo de tatuajes se ha convertido en la última moda entre los amantes del arte corporal.




Parece que no se tienen en cuenta los potenciales riesgos que implican en la salud y la vista.



¡Vaya!, se ha quedado un pegotón de tinta... No pasa nada, se arregla.

Esta técnica de tatuarse los ojos, aún no ha llegado a muchos países, pero en Estados Unidos, se está extendiendo rápidamente.



 Y se pueden elegir diversas tonalidades para personalizarlo según tu propio estilo: tattoo tipo bola de billar, negro azabache o rojo sangre.






Lo mejor es verlo en directo a través de este bonito vídeo explicativo:


Hasta aquí llegamos porque he quedado empachada de tanto arte y tanta moda.

 

02 noviembre 2012

Coponieve




Mi nombre, durante años, fue Adrián Rodelco. En este momento de mi vida carezco de la necesidad de nombrar las cosas, y mucho menos a las personas. Me he convertido en un observador mudo.


Vine al mundo una fría noche de invierno, y conmigo llegaron las nieves, que tiñeron de blanco toda la comarca. Quizá fuera esa coincidencia meteorológica la que explicaría la razón de mi fascinación por los copos de nieve; las formas más puras y bellas que he sido capaz de encontrar en la naturaleza. O tal vez no. 
Mis primeros pasos transcurrieron siendo un niño hermoso, con facciones delicadas, tez clara y cabellos rojos como el fuego, que contrastaban con mis ojos negros, produciendo un efecto de atracción entre cuantos me rodeaban. Estos detalles de mi físico, que ahora me resultan lejanos y extraños, me fueron relatados en numerosas ocasiones por Analía, mi madre. Es curioso que, para referirme a ella, sí preciso utilizar su nombre.

Me contaba Analía que, siendo aún un chiquillo, anduve perdido durante días en el transcurso de una descomunal nevada. Mi padre organizó con los lugareños grandes batidas para buscarme, peinando palmo a palmo cada rincón. No tuvo descanso ni tan siquiera cuando se hacía la noche. Entonces, en grupos más pequeños y alumbrados por candiles, proseguían con el rastreo. Decía mi madre que, días más tarde, cuando las esperanzas de encontrarme con vida comenzaron a desvanecerse, regresé por mi propio pie. Aparecí de la nada, descalzo, caminando sobre una alfombra de nieve, que se resignaba a abandonar su reino. Mis cabellos, hasta entonces del color del fuego, se tornaron blancos. Esta noticia, que se calificó de misteriosa, y mi inesperado regreso corrieron como la pólvora y dieron para mucho de qué hablar. A partir de ese momento, las leyendas en torno a mi persona se multiplicaron y hubo quien se refirió a mí como el hijo del hielo o el endemoniado blanco. Pasamos de ser una familia admirada a ser rechazados por toda la comunidad. Mi padre no aguantó la presión y desapareció sin más.

Nada pude explicar de lo que sucedió durante esos días ya que, a partir de entonces, dejé de pronunciar palabra alguna. Analía murió con la certeza de que algo sorprendente debió de ocurrirme durante el tiempo que permanecí en la nieve. Nada le dije porque nada podía decir para hacerle comprender mi verdadera esencia y preferí callar para siempre.



Ahora formo parte de otra realidad y, a través de mis cristales de hielo, contemplo un mundo que no me satisface demasiado. Me gusta crearme cada vez en formas diferentes, buscando la belleza y la armonía. Cuando las temperaturas lo permiten, me dejo caer sobre las ciudades, los campos, los coches o las cosas y coloreo de blanco, por unas horas o días, su oscuro gris. Me doy por satisfecho tan solo con contemplar la felicidad dibujada en la cara de los niños cuando me ven aparecer, en marcado contraste con el gesto de enfado monumental de sus padres.









21 octubre 2012

B & B





Aquella noche se representaría su última función. La pareja cómica más famosa de los últimos tiempos dirían adiós a un público que, tras varios lustros de éxitos, le había sido fiel, acompañándoles en cada actuación y llenando las salas de aplausos y risas.

Demasiadas desavenencias y disputas tratando de ser el líder.

Lo que comenzó siendo “Bautista y Bruno, la pareja cómica del siglo” pasó por sucesivos cambios en los neones… “Bruno y Bautista, los cómicos”, hasta llegar a ser lo que eran en la actualidad “B & B”; su último nombre artísitico y quizá el único consensuado por ambos.

 
Una larga carrera de triunfos que terminaría aquella misma noche con su última actuación. Minutos antes de salir a escena en el camerino que, a pesar de sus diferencias, aún compartían comenzaron a escucharse voces que se fueron alzando; palabras cargadas de reproches y faltas de respeto procedentes de uno y otro lado. La discusión fue subiendo de tono, acompañada de golpes en paredes y ruidos de cristales.

Los operarios del local, que estaban más próximos, percibieron el tremendo escándalo que, una vez más, el dúo estaba provocando. Sin embargo esta vez parecía diferente; más violento. El productor, el dueño de la sala, el responsable del atrezzo y todos cuantos pudieron acercarse lo hicieron ante la inmensa trifulca montada en el camerino.
Después de unos minutos de ruidos y voces se hizo el silencio y tras el último golpe seco, Bautista abrió la puerta del camerino, saliendo de él con la cara salpicada de sangre y las manos desolladas cubriendo su pecho… Esta vez la bronca había llegado demasiado lejos.


Al otro lado de la puerta, la visión era dantesca. Muebles rotos tirados por el suelo, los espejos del camerino destrozados en mil pedazos, salpicaduras de sangre en todas direcciones, flores de admiradores deshojadas por el suelo y del techo, colgado del cuello con una larga corbata, el cuerpo resquebrajado de Bruno, el muñeco que durante tantos años había sido su otra mitad sobre los escenarios…

 





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