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27 febrero 2014

Coponieve

Este cuentecillo ha sido narrado por La Voz Silenciosa en su programa de radio y os aseguro que gana...






Nací una fría noche de invierno. Tez clara y pelo rojo fuego. De mi mano llegaron las nieves. Contaba mi madre que, siendo muy pequeño, anduve perdido en el transcurso de una monumental nevada. Organizaron interminables batidas y se peinó, palmo a palmo, cada rincón sin respiro. Días más tarde, cuando las esperanzas de hallarme con vida se desvanecían, regresé. Aparecí descalzo, dibujando un menudo rastro de pisadas blandas. Mis cabellos, hasta entonces como las brasas, se tiñeron canos. Nada pude explicar de lo acontecido porque, desde ese día, no volví a pronunciar palabra alguna… Ya no las necesitaba. Mamá murió sabiendo que algo mágico debió sucederme. Y no se equivocó…

Ahora formo parte de otra realidad y, a través de mis cristales de hielo, contemplo el mundo. Me divierte inventarme, cada vez, en formas diferentes, buscando la belleza y la armonía. Cuando las temperaturas lo permiten, me dejo caer con gusto sobre las ciudades y los campos, y pinto sonrisas albas en sus apagados grises.

Soy feliz sintiendo como propia la alegría, que se dibuja en el rostro de los niños, cuando aparezco por sorpresa, y disfruto –aún más si cabe- ante el gesto de fastidio de sus padres.



26 noviembre 2011

Un regalo para compartir en la voz de Beatriz.


Hace un par de días me hicieron un grandísimo regalo. Se trata de uno de mis relatos al que un ángel, un duende o una hada, que sobrevuela la bloggosfera, le ha puesto voz.
Es tan emocionante escuchar tus letras en la voz de otra persona y que, además, lo hace tan bien que… tenía que compartirlo. Deseo que os guste casi tanto como a mi... Así que ahí va:



Recuérda... me

“… Espero que recuerdes, aunque sea un minuto, lo que fuiste… lo que fuimos y me dediques un gesto, aunque mudo, para entender que continúas conmigo. Lo sabré entender y me ayudará a seguir adelante…”

Así terminaba la carta que Laly le había escrito a su amado Francisco.

La depositó en la bandeja, dónde le había preparado el desayuno.  Al lado, un sello comprado el día de antes en una antigua Filatelia, no en vano,  Francisco había sido buen aficionado al bello arte de coleccionarlos.
Allí esperó sentada en su butaca a que él, su primer gran amor, iniciara el protocolo de todos los días con las tostadas y el café. Sin palabras… Con la mirada perdida en la taza o en la cucharilla… En su mundo de ausencia…

Una gota de café salpicó el sello y una exclamación, apenas perceptible, hizo que Laly le escudriñara con esperanza. Francisco tomó el sello y se lo llevó al jersey para limpiarlo; lo miró; lo volvió a limpiar y se lo llevó a la cara para notar la caricia en su mejilla… Cogió la carta con ambas manos y, por primera vez en mucho tiempo, pareció que leía. Los ojos bajos siguiendo cada línea… de izquierda a derecha… de derecha a izquierda.

Paró. Se llevó la carta a los labios y, con los ojos cerrados, la besó. Levantó la mirada, como un niño asustado, buscando los ojos de la mujer. Ojos nublados,  inundados de líquido. Parpadeó y las lágrimas comenzaron a fluir…

Cruce de miradas que reflejaban el inmenso amor que se sentían.

Tendió su mano hacia ella y le dijo: “Te recuerdo y te amo, ¡te amo tanto!… que me duele  tenerte apenas por un instante…”. Un profundo beso selló el reencuentro de los enamorados.

Segundos de delicada lucidez en meses de silencio.  La enfermedad de Francisco les acababa de conceder un breve tiempo de ternura… suficiente para seguir adelante. 



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Otra vez, gracias, Beatriz  Salas 

http://beatrizsalas10.blogspot.com/ 

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