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07 marzo 2011

Braulio. Una historia en la Argentina.

 
Braulio nació en tierras castellanas, en marzo de 1900. Solía decir a sus hijos y nietos que “nació con el siglo”. De vivir ahora, tendría 111 años... Era un hombre eminentemente bueno que trabajaba en el campo como agricultor. Con veintiocho años se casó con Elisa.
El futuro no era demasiado prometedor en aquél entonces, en España y, guiado por su intuición decidió escuchar a su tío, apodado "el gallego", que había hecho las maletas años atrás y se estableció allende los mares. Braulio, al igual que tantos españoles en esa época, tenía la esperanza de encontrar mejores horizontes y decidió “hacer las Américas”. Salió de su pueblo rumbo a esas tierras, soñando con un futuro mejor. Así, y como otros tantos hombres y mujeres, cruzó el océano rumbo a la Argentina en 1930.

Su tío, "el gallego", ya tenía apalabrados para el matrimonio, sendos trabajos. Así fue como Braulio y Elisa entraron a trabajar en la casa de la familia Uribarri, en la Calle Sarmiento de Buenos Aires. Ella, de doncella de la señora de la casa y él como mozo de comedor. Fueron tiempos felices en los que trabajaron duro para intentar prosperar. Atrás habían dejado su hogar, sus familias y eso siempre les hacía añorar su tierra; su querida España. Aunque, este maravillo país y sus gentes, les supieron recibir con los brazos abiertos.
 
La mala fortuna hizo que la esposa tuviera un grave accidente en la casa al caerse de espaldas por una escalera… Los señores Uribarri no escatimaron medios para que Elisa fuera vista por los mejores especialistas de la ciudad. Pero el pronóstico no fue bueno, más bien el peor que les pudieron dar. Ella, conocedora de su delicado estado, animó a su marido para hacer de nuevo maletas y volver a su tierra, ésa que tanto añoraban.  Así, en menos de dos años y desoyendo los consejos de los médicos contrarios al traslado, el matrimonio hubo de realizar el durísimo viaje de vuelta a casa.

 
Las travesías, en esa época duraban algo más de un mes, y la joven esposa llegó en un estado de gravedad extrema. Aún así, la ilusión de reencontrarse con sus padres y hermanas le dio las fuerzas necesarias para aguantar la travesía. Quería despedirse del mundo al lado de los suyos. Allí, en su casa, su hermana Damiana se hizo cargo de todos sus cuidados. Lo hizo con tanto amor que, en una de sus últimas conversaciones con Braulio y, presintiendo el rápido desenlace, le hizo prometer a éste que se casaría con su hermana menor. A ella le habló de su marido como un buen hombre, de sensibilidad extraordinaria, y le hizo prometer lo mismo...
Y así se hizo. Tras el luto, ambos cuñados se casaron.
Braulio era un hombre que siempre habló a los suyos de la Argentina, con amor extremo. De allí trajo un cuadernillo con las anotaciones que hizo, a modo de diario, de las experiencias vividas. También incorporó al argot de su pueblo palabras que sonaban raras por aquellos lares: “macana y macanudo”, “manejar el carro”, “boludo”, “¡ché, loco!”, “pibe y vieja” o “boleto de autobús”; también, en su memoria, transportó el nombre que habría de llevar su primera hija: Laura...
Solía contar historias de las grandes avenidas de este precioso y rico país; de la Casa Rosada y de los días interminables que pasaron en los barcos. Gustaba contar que el barco en el que hizo el viaje de vuelta, sufrió un incendio y naufragó en el Atlántico, quizás se tratara del “Cabo de San Antonio” de la naviera Ybarra...


Era un hombre de buen humor que cantaba y tocaba la dulzaina en las fiestas de su pueblo porque, entonces, no había orquestas. Con su voz y rascando una botella de anís con una cuchara, interpretaba jotas para que los mozos y mozas bailaran.
Nunca creyó que el hombre fuera a la Luna… Y lloraba cuando leía en la prensa que había habido un nuevo asesinato, de un policía o guardia civil, por la banda terrorista ETA.
Ésta es una de tantas historias que se podrían contar de nuestra España, en el siglo pasado, pero ésta –para mí- es diferente porque Braulio, el “tío Braulio” como era conocido por todos, era mi abuelo… Y como digo y no me cansaré nunca de decirlo, un hombre bueno que supo hacer felíces a todos los que tuvimos la fortuna de conocerle. 
... Mi pequeño homenaje en el aniversario de tu cumpleaños...




PD: Dedicado a todos aquellos que supieron "tender" la mano a mi abuelo... Ahora, y especialmente, a mis amigos Sony,  Guille, Maribel... y a todos los nacidos en tan hermoso país.

12 febrero 2011

Un día tal como hoy... nació un hada.


Aunque muchos de vosotros no creáis ni en hadas, ni en ángeles, ni es seres mágicos, he de decir que yo sí. Y prueba de ello, es que en mi casa vive uno que hoy cumple años…

Llegó a mi vida un día tal como hoy de hace unos cuantos años. Tras las primeras horas de felicidad, nos dieron una mala noticia sobre su estado físico.

Imaginad un pajarillo que naciera con un ala rota…

Fue un duro golpe, del que ya he esbozado “pinceladas” en este blog. Tras el dolor, el llanto, la desesperación y los innumerables “por qué a mí” o “por qué a ella”, comenzó la lucha… Lucha que, aún mantenemos en la batalla cotidiana de nuestras vidas. Lucha que, para su tratamiento, nos hacer pasar varios meses al año, sin demasiado tiempo libre.



Con el paso del tiempo he sabido y he entendido que el día que llegó a nuestras vidas… fue un hada o un ángel, como prefiráis, quién lo hizo. En esa época comenzó mi vocación por los “cuentos” y los pequeños relatos con mensaje.

En casa nos sirve de ejemplo de luchadora y nos ha hecho, a todos, un poco mejores. Con su sola presencia ilumina cualquier estancia porque es la persona con más luz que conozco. (uf! no sé lo que pensará cuando lea esto).

Siempre, como madre, hay cierto temor a no hacer las cosas bien y con él se acostumbra una a vivir pero, a pesar de todos los pesares, estoy contenta por tener lo que tengo. Y más como, cuando ayer por la tarde, que veníamos de atender nuestras obligaciones médicas, (que nos consumen todas las horas de la tarde) esta niña maravillosa me dijo:

“Mamá… ¿sabes que me considero afortunada?... Sí, mamá, soy afortunada y no tengas miedo porque he tenido una infancia muy feliz y ahora, en este punto de mi vida, también lo soy…”.

En fin, quería haceros partícipes de esta parte de mi vida y que, además, es una de las condiciones para recoger tres premios que me dieron mis amigos Neuriwoman, Guille y Xaquelina. Bueno, había que contar 7 secretillos pero he preferido buscar la coincidencia de fechas y “saltarme un poco” las reglas del juego.

(Muchos ya tenéis el premio y como con en éste se trata de compartirlo... Entonces voy a hacer como Miss Gretillas y ofrecéroslo a todos los que no lo tengáis. Para recogerlo hay que contar siete secretillos y otorgárselo a quince blogs).


  
Y ahora, como suelo hacer siempre, voy al momento reflexión sobre las cosas que cuento. En este caso me gustaría que pensáramos un poco en la esperanza, en la ilusión y en la entereza ante la vida y sus problemas…

Hoy es un día precioso y, desde mi ventana, veo que nuevamente luce el sol.

30 enero 2011

Por ser quién eres, tú me dejas huella...

Esta entrada viene a colación de la anterior en la que se dieron y recibieron premios…

Marta, una buena amiga, me hizo conocer esta historia a través de un power-point de esos que circulan y que, muchas veces, borramos sin leer...  Modestamente considero que ésta, merece ser compartida.

El curso acababa de terminar y la maestra quiso honrar a cada uno de los muchachos que iban a graduarse, hablándoles de la huella que cada uno le había dejado. Huella en ella y huella en la clase. Luego les presentó con una cinta azul en la que se leía en letras doradas: “Quién soy, deja huella”.

Terminada la ceremonia, la profesora les dio a cada uno de ellos tres cintas más, con la misión de que las fueran entregando a tres personas y, así, hacer un estudio del proyecto, en su comunidad.

Uno de los alumnos fue al despacho de un ejecutivo de una industria próxima y le premió con una cinta por haberle ayudado en la planificación de su carrera. Le colocó la cinta en la chaqueta, junto a su corazón y, a continuación, le dio dos cintas más, para que éste premiara a otras dos personas que hubieran sido importantes para él.

Ese mismo día el joven ejecutivo fue a ver a su jefe. Un hombre con reputación de amargado, antipático y huraño. Le dijo que le admiraba por poseer el genio creativo más grande que jamás conoció. El jefe, que no se relacionaba con ninguno de sus empleados más que profesionalmente, quedó muy sorprendido por el gesto. Jamás se hubiera esperado algo así de un joven del que, apenas, se había percatado. La cinta azul fue colocada en su pecho y el empleado le preguntó a su jefe si querría entregar la tercera cinta a alguien especial… 

El hombre aceptó.
Al llegar a su casa, se sentó con su hijo de 14 años y le dijo:

“Hoy me pasó algo increíble. Estaba en mi oficina y vino uno de mis empleados. Me dijo que me admiraba por ser un genio creativo, ¿te lo puedes creer?, y me puso esta cinta azul.
Me dio otra cinta  para que encontrara a alguien a quien premiar… Venía de camino a casa pensando en tan maña tarea y pensando y pensando...  te quiero premiar a ti…
Mis días son muy difíciles en el trabajo, tengo mucha tensión, te grito por traer malas notas o por tener desordenada tu habitación y, en ocasiones, no te presto la atención necesaria… Esta noche solo quería sentarme contigo para hacerte saber que tú me importas. Eres un gran muchacho, y junto con tu madre, la persona más importante de mi vida y te quiero”.



El joven sorprendido comenzó a sollozar. Su cuerpo entero comenzó a temblar... Un nudo se le formó en la garganta. Casi sin poder hablar miró a su padre y le dijo:

“Papá hace un rato subí a mi habitación y os escribí una carta a ti y a mamá. En ella os explicaba por qué me había quitado la vida y os pedía perdón por haberos causado ese dolor.
Iba a desaparecer porque pensaba que yo no os importaba… La carta está arriba pero, creo, que no la voy a necesitar ya…”.

El jefe volvió al trabajo con la lección de vida bien aprendida y desde ese día hizo saber a todos los que le rodeaban, lo importantes que eran para él y la importante huella que, cada uno, le habían dejado…

Por eso, hoy, os entrego a cada uno de los que estáis ahí tres cintas azules… 



 Y un tema sobre el que pensar...


21 noviembre 2010

"Encantada de conocerte" (2ª parte y fin)

Avisé a la familia sin entender muy bien qué era lo que había pasado. ¿No dijeron que era un sarpullido? ¿quizá gastroenteritis?. Las carreras fueron contínuas por los pasillos durante horas. Médicos con aspecto serio entraban y salían sin decir nada. ¿Qué era realmente lo que había pasado?. ¿Una alergia?, ¿deshidratación?...

Dos, tres o cuatro horas después nos dieron el diagnóstico. No soy médico ni entiendo su argot pero, de entre toda la verborrea técnica que salió por la boca de dos doctores, entendí la gravedad con solo escuchar dos palabras: "septicemia... coma".

En los dos días siguientes no hubo variación: Estado crítico. 

Pensé hasta en "hacer un pacto con el d...... ". Le hubiera vendido mi alma si sanabas porque, en este punto de la historia, ¡vivía por y para ti!. El resto del mundo me había dejado de importar. Cosas como comer, dormir, peinarme o salir habían pasado a un segundo, tercer o cuarto plano. Sentía que me ahogaba. Solo podía entrar dos veces al día a visitarte, una por la mañana y otra por la tarde y tan solo media hora... No era suficiente.

Fueron tres meses agotadores pero ¡lo superaste y con nota!. Saliste de la Unidad de Cuidados Intensivos diciendo: "¡Mamá, lo hemos conseguido". 
Eras una gran luchadora y lo sigues siendo. Cada vez que la vida te pega un duro revés, levantas el puño y le marcas un derechazo para dejarla KO. ¡Cuánto te admiro y más aún cuánto te amo!.

El año siguiente fue de recuperación. Lo pasaste en silla de ruedas, sin un mal gesto para nadie, con alegría... ¡Increíble!.

A pesar de que hemos pasado juntas muchos momentos malos, o muy malos, estoy encantada de haberte conocido, ya que los momentos buenos, han sido... ¡extraordinariamente buenos!.

Esta es, a grandes rasgos, una pequeña parte de la historia de mi hija menor. Vino al mundo a los poco más de ocho meses de gestación, en el mes de febrero. En esos días a las puertas de la clínica, en que nació, una persona murió en la calle "como un perro" porque le fue negado el auxilio... otra historia dura que requerirá otro tiempo y otro espacio.


Hoy tiene 19 años (dieciocho meses menos que su hermana mayor) y estudia 2º de Filosofía. En este punto no compartimos demasiadas cosas, dígo en lo que se refiere a la Filosofía, que recuerdo como asignatura insufrible. Su hermana, ¡ vamos, mi hija mayor!, la que comenté que no hablaba mucho de chiquita, es ahora una excelente conversadora.

Es una "gran" chica. Esa pequeñita de apenas dos kilos y medio es ahora una auténtica mujerona.

Nació con una discapacidad física de la que nunca fui avisada por mi ginecólogo. Es una persona maravillosa que intenta día a día sortear las barreras que la sociedad "impone" a las personas como ella. También aprende a diario a tropezar con barreras humanas que son las más duras. Creo que es feliz.

Me he permitido publicar esta parte de su vida porque muchas de esas vivencias aunque, sea un "poquito", me pertenecen también a mí y he querído contar al mundo lo especial que es.


Aunque lo haya repetido varias veces a lo largo del texto, no me canso de decir lo contenta que estoy de haberle conocido y de darle las gracias por todo lo que ha aportado, aporta y va a seguir aportando a nuestra familia.

 

 La foto está tomada de relatosdeesperanza.blogspot. Gracias.

19 noviembre 2010

"Encantada de conocerte" (1ª parte)

Hace muchos años que te conocí. Ya van para veinte. Era febrero y el frío no respetaba a nadie. Tampoco la lluvia. Recuerdo que nos presentó un médico, antipático donde los haya, en un hospital. Ese día yo estaba esperando. Hacía 8 meses que acudía puntualmente a mi revisión. Para ti era el primer contacto. Es curioso que, a pesar de conocer a tu hermana año y medio atrás, fuera un extraño el que se encargara de las presentaciones. Ella nunca me había hablado de ti; bien cierto es, que hablaba poco. Dr. Chinchilla era su nombre. Ginecología, Obstetricia y Tocología. Tú lo tienes olvidado aunque, en la memoria de mi procesador, aparece a menudo y nunca con agrado. Pero eso sería otra historia para otro momento.

Te recuerdo hermosísima, menudita, de piel muy clara, tranquila... quizá un poco sóla e indefensa. Todo lo contrario a la primera imagen que me viene a la mente cuando recuerdo a tu hermana, salvo por lo de "menuda".

En la sala te perdí de vista mientras el doctor te atendía y, desde lejos, te oí llorar. No te estaban dando buenas noticias. ¡Lástima, pequeña!.

Cuando, de nuevo, te tuve delante y vi tu cara sonrosada por el llanto te cogí la mano (tan pequeñita) y la apreté en un gesto de "colegas"... Sin mediar palabra te "adopté" par mí. Quise transmitirte con el gesto que iba a estar a tu lado sin saber bien para qué ni, en ese momento, para cuanto tiempo. "¡Tranquila, porque no estás sóla!".

El día siguiente, y los siguientes al siguiente fueron un deambular de consulta en consulta; de pruebas y más pruebas; radiografías, scanner, TAC y resonancias... Asístí a todo este peregrinar tuyo como acompañante. Tú lo sufristes y yo no te pude evitar ni una sóla de las "perrerías" que te hicieron. Todo lo sentí desde atrás.

Me impresionó ¡TANTO! tu entereza -teniendo en cuenta tu "tamaño"- que, desde el minuto uno, estuve encantada de conocerte... Estarás de acuerdo conmigo en que "concectamos" desde el primer día.

Es posible que descuidara un poco la relación que tenía con tu hermana y también es probable que se sintiera un poco celosilla por ello,  pero tú me necesitabas completa: cuerpo y mente en exclusiva al ciento por ciento. Con ésto no quiero decir que ella se hubiera desentendido de tu problema, ¡NO!, sino que no era capaz de entender el alcance y la gravedad del mismo. Era demasiado joven.

Los seis años siguientes no fueron fáciles, para tí. Dolorosas intervenciones quirúrgicas y meses interminables postrada en una cama. Lechos preparados en hospitales y en tu casa. Recuerdo una Nochebuena "celebrada" en tu habitación. Ese mismo año también tomamos, nueve personas, en  nueve metros cuadrados las 12 uvas.

Los veranos, que no estabas hospitalizada o convaleciente en casa, los pasabas en un bungalow de tus abuelos en el Mar Menor. Lo compraron expresamente para ti por el poder medicinal y curativo de las aguas cálidas de la zona, buenas para los huesos.

¡Cuantas vivencias!.

El séptimo año lo recuerdo con verdadera angustia porque tu vida estuvo pendiente de un hilo... Tras una de las numerosas operaciones que sufriste, no te encontrabas bien, aunque te esforzabas en mantener la sonrisa. No en vano, ya nos conocíamos un "tiempecito" y sabías que verte mal me preocupaba. A ratos te quedabas dormida. Me pareció que te sumergías en un terreno fangoso que te atrapaba. Naúseas continuas. El color voló de tus mejillas. La "cosa" no iba bien. Algo estaba fallando. Respiración descompasada, sin armonía. Inspiración, expiración y un quejido... que yo entendía de dolor. "¿Te duele algo, bonita?". No, estoy bien... solo un poco cansada. Paradas en el ritmo.

¿Dónde estaba ahora tu "hado"? Ése que aparecía en los cuentos que te contaba ¿Y el ángel de la guarda que protege a  todos los niños? ¿Por qué nadie te echaba una mano?. Ni magia ni religión estaban por aliviarte el dolor. Sentí que perdías las fuerzas... que abandonabas la lucha.

No eran habituales mis visitas a la Iglesia, aunque éso es también otra historia que pertenece a otro lugar. Ahora quería intentarlo todo. Pasé por una, entré y recé para que mejoraras.
Ese mismo día lejos de mejorar, empeoraste.


La ambulancia no tardó en venir. Con la sirena puesta sorteando coches y autobuses, saltándonos todos los semáforos llegamos al Hospital. Te acompañé mientras te hacían la primera exploración. Parece que decían que se trataba de un exantema en la piel con algo de gastroenteritis. De repente: "¡Salga, señora!... ¡salga!.
Suero a chorro...". Pero ¿qué estaba pasando?. La camilla salió veloz del gabinete empujada por cuatro sanitarios... "¡Rápido, a la UCI". Tres plantas de ascensor; un pasillo ancho y oscuro y un letrero: "Unidad de Cuidados Intensivos".  "Espere aquí"... Tu camilla continuó el camino acompañada del personal médico y sanitario en veloz carrera... "¡Sin constantes, rápido!". Te perdí de vista.

Permanecí de pie en el pasillo inmóvil, no sé cuánto tiempo... Salí de mi catatonia al escuchar a un doctor que  me preguntaba si estaba sola. Recuerdo sus siguientes palabras: "La paciente se encuentra en estado crítico. Debe avisar a algún familiar".


(continuará)

28 octubre 2010

Vamos a imaginar... un mundo con más hadas.

Cuenta la leyenda que todo recién nacido es visitado, en su primer día de vida en el mundo, por una única hada,  que lo elige como su más preciado tesoro quedando unida a él de por vida.  También díce la leyenda que cada vez que un niño crece y deja de soñar, en algún lugar de un mundo muy, muy,  muy lejano, un hada muere.

Universo complicado éste de las hadas porque basta con negarlas para que desaparezcan...

Yo alimento a la mía, que ya tiene una edad, con fantasías, cuentos, deseos y sueños. Hoy voy a soñarle una historia para que esté pletórica y pueda presumir delante de sus amigas que, por desgracia, no son numerosas.


Voy a imaginar que es lunes, pongamos de finales de octubre de un otoño cálido y que acudo a un "local de moda" (curiosamente se llama "Dreams", ¿será ésto un presagio?) en el que me presentan a cinco personas,  -desconocidos para mí y entre ellos-,  con las que voy a compartir los cinco días siguientes.  La cosa "pinta bien" porque siempre es posistivo ampliar los círculos.


Ahora toca dibujar un detalle significativo para cada uno... Pongamos que una  acaba de ser mamá; otra, puestos a imaginar, podría hacer patinaje en el suelo de su casa; la tercera pudo sobrevivir a un aterrizaje forzoso en el desierto; la siguiente persona dedicaría algún tiempo a hacer "cosas" con un martillo y el único chico de este grupo, vendría de hacer el Camino de Santiago. ¡Qué imaginación!.

Quiero poner nombres propios a estos cinco "nuevos conocidos" (¡que me gusta más llamarles así que desconocidos!). Bien podrían ser: Sonia, Rubén, Maribel, Belén y -pongamos- Paqui. ¿Por qué estos nombres y no otros?... No hay un por qué, ¿por qué no? De alguna manera tengo que llamarles y, aunque he estado dudando entre Rubén y Borja, al final opto por Rubén.

Sigo soñando a Sonia ¿Cómo definirle?... Alguien blanco; un alma sin contaminar; una persona dulce de sonrisa sincera y una gran "cuentacuentos". Cuentos que contará a sus hijos, cuando sepan entenderlos, y  volarán de su mano del país de "Nunca Jamás" a la Casa de los Siete Enanitos y de allí a la casa de la abuelita de Caperucita...

Tras unas gafas de pasta encuentro los ojos claros de Rubén. Soñador; idealista; extremadamente extrovertido; un poco loco; alguien que busca siempre el rumbo correcto; muy simpático y, en ocasiones, con marcadas pinceladas de tristeza.  En definitiva, un buen tipo.

Persona clara; sin dobleces;  risueña; sincera;  portadora de unos valores muy firmes sobre sus espaldas; muy "buena gente"... Una extrovertida de ojos enormes que se le humedecen con frecuencia al ritmo de una carcajada. Su nombre bien podría ser Maribel.

Belén es el nombre que elijo para la mujer directa, que dice lo que tiene que decir sin rodeos. Primera imagen seria, (aunque muy seria no puede ser una persona que toma apuntes con una barra de labios y lleva  un boli láser en el bolso), bajo la que se encuentra el SENTIMIENTO, en mayúsculas.

Y por último, aunque no por ello menos grande, voy a imaginarme a Paqui. Paqui; equilibrio; sensibilidad; serenidad; paciencia; tono mantenido; saber estar... Ahora no estaría atravesando su mejor momento pero tiene armas suficientes para resurgir o reinventarse mil veces.

Este sueño me está costando un poco porque no es fácil "montarte una fábula" en la que conoces a cinco personas tan maravillosas y especiales en un mismo día. ¡Ésto no se lo cree nadie!, aún así continúo porque de eso se trata...

Deseo seguir imaginando que ninguno de los cinco ha dejado de creer en sus hadas o que, de haberlo hecho, aún conservan la capacidad de "resoñarlas" para devolverlas a la vida...

Tanto me he metido en mi sueño que me he quedado dormida por cinco días. Cinco días en los que hemos volado juntos al desierto con un kit mínimo de supervivencia; hemos viajado a  la casa de un ebanista y conocido su árbol de los problemas; hemos estado presentes en un asesinato cometido en un puente e, incluso,  se nos ha brindado la oportunidad de solucionar un problema con un virus informático... Además hemos hablado con el lobo de Caperucita,  que nos ha explicado su versión de la historia ...Y de ahí viajamos de nuevo y presenciamos el nacimiento de la mariposa más pequeña del mundo... ¡Cuántos viajes en tan corto tiempo!...

Y ahora, ya despierta quiero creer que les he conocido de verdad, o al menos un poco, para afirmar que cualquiera de ellos, está en el camino correcto hacia el mundo de las hadas. Sé que, aunque les voy a echar  de menos,  conozco mil maneras de volverles a "soñar".

Porque no es bueno ni sano que, sólo por el hecho de crecer (que no es más que cumplir años), dejemos de soñar, de imaginar, de fabular... De no creer más allá de lo que ven nuestros propios ojos.




PD: Como dícen en las películas americanas: "Cualquier parecido con la realidad es puritita coincidencia". 

20 octubre 2010

"Carta a Ana"

Querida Ana:

Ahora, que sé que no estás pasando una buena situación personal, es el momento de ofrecerme a tí sin reservas.

Cómo me gustaría hacerte entender que conozco el sentimiento de angustia que te embarga; sé a qué sabe la pena.

Cómo me gustaría hacerte el duelo más corto... Pero no conozco la forma de aminorar el dolor. Sólo sé que pasará.

Quisiera conocer las palabras correctas que te consolaran cada momento pero, en ocasiones y cuando hablamos de sentimientos, se me queda corto el vocabulario.

Cómo entiendo tu angustia, tu llanto, tu pena, tu desesperación... tu ánimo venido abajo y, al tiempo, cómo remontas y te ríes a carcajadas, aún con lágrimas en los ojos, por un breve instante. Es en esos momentos, viendo mezcladas las breves risas con el largo lloro, cuando noto lo vulnerable que eres y lo próxima que estás de quebrarte...

Ana, no te cansas de agradecerme que te escuche y quiero que sepas que soy yo la que te da las gracias. Gracias porque, a pesar de la breve andadura que llevamos caminando juntas, me has dejado compartir tu interior; participar de tu tristeza aceptando mi mano para apoyarte... Sin dudarlo me has confiado tu corazón. Y eso, sin conocerme apenas, es de una generosidad inmensa.

Aunque ahora, por el nublado que tienes ante los ojos, no veas la salida yo sé que la hay, No sé hacia dónde tendrás que dirigir tus pasos ni cuánto vas a tardar en encontrarla pero está AHÍ (ojalá que cerca). Confía en estas palabras: "Por más alto que sea un muro... ¡más alto está el cielo!".

Hasta tanto y para lo que necesites te ofrezo una mano cada vez que me la pidas.

Un beso. Mucho ánimo y como dijo Kalil Gibran:
"Del sufrimiento salen almas fuertes".
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