24 agosto 2018

Mi amigo Baldo





El día que cumplí los siete, deseé un amigo. Aunque fuera invisible.
Aquel verano conocí a Baldo, el niño más extraordinario del universo. Me enseñó a perseguir ardillas, a romper nueces a pedradas y al ‘quién mea más lejos’. Él comenzó a imitar mi manera de vestir, de peinarme, mi torpe caminar. A su lado, agosto olía a helados, a pizza. A amistad verdadera.´

Una tarde, propuso un nuevo divertimento: intercambiaríamos nuestra ropa y él me suplantaría durante un día entero. 

Entretanto, desde un lugar privilegiado, yo observaría. Fue desternillante verle sentado a la mesa, tartamudeando y sorbiendo la sopa como yo; corriendo con Scooby o columpiándose con papá. Pero cuando anocheció y no vino a liberarme me asusté. Tenía frío y la humedad me daba tos. Pensé que Baldo quería seguir jugando otro día más.

Al amanecer, le vi en el tendal. Estaba con mamá. Parecía regañarle… Tuve un feliz pálpito cuando los dos volvieron sus ojos hacia donde yo permanecía encerrado. Por fin, ella le había desenmascarado.

No sé qué me dolió más, si la siniestra sonrisa de Baldo o lo endiabladamente contenta que estaba mamá mientras ambos se alejaban abrazados. Tengo miedo. El agua comienza a subir.





para ENTC convocatoria agosto
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