23 diciembre 2012

Jhony Veinte






Mi nombre es Veinte, Jhony Veinte, y no recuerdo dónde nací. Lo que sí sé es que no me queda mucho tiempo.

Llevo años viajando por el mundo. He cruzado fronteras sin mostrar nunca mi identidad; jamás fue necesario. He paseado al lado de chicas maravillosas y compartido sábanas con ancianas solitarias.

Me vi involucrado en un asunto turbio relacionado con drogas. No era la primera vez. Recuerdo una tremenda reyerta por unos gramos de coca. En ese escenario estaba yo, impasible, como un tipo duro y frío, casi diría que valiente y altivo. Ese día había salido "a pillar algo" con Alex, un gran cabeza loca,  empeñado desde chico en complicarse la existencia. ¡Con la buena vida que habría podido llevar!...

Tras la tremenda trifulca me separé de él. No tengo grandes recuerdos de lo que sucedió a continuación porque, creo, que iba un poco "puesto".
Después de muchas vueltas recorriendo bares de copas conocí a Graciela; hermosa mujer. Trabajaba en la calle y alquilaba su cuerpo al mejor postor.

Esa noche decidió acabar temprano y nos retiramos a su casa. Y digo nos porque fui con ella. Entró descalza con sus zapatos en las manos, sin hacer ruido. Se dirigió al lavabo. Le observé mientras se desmaquillaba los ojos con un aceite de baño barato, de esos que se utilizan para niños. Se quitó la ropa de trabajo y se dirigió hacia una pequeña habitación donde un pequeñito soñaba en su cuna. Se acercó a su carita y le besó con ternura. Comprobó con los labios la temperatura de su frente y respiró profundo. Creí ver lágrimas en sus ojos, aunque pudiera ser el aceite que se acababa de aplicar. Al lado, una mujer  dormitaba su cansado cuerpo en una silla.

    -Buenas noches, Laura. ¡Venga, despierte y vaya a su casa que es tarde!  Aquí tiene su dinero...
    -Gracias, señorita Graciela.

Acompañé a Laura.  Su casa era apenas una habitación en un chamizo que compartía con tres niños. La estancia se componía de dos colchones, una mesa con cuatro sillas y dos maletas (curioso mobiliario). Cuando llegamos, una niñita de siete u ocho años se levantó descalza y se abalanzó al cuello de la madre besándole con amor.
Laura se quedó dormida abrazando a su ángel, porque así era como llamaba a la niña. Observar esta escena me enterneció, lo confieso.

En pocas horas amaneció. Laura se levantó con un sigilo sacramental para no despertar a sus hijos. Quería que ese día fuera especial porque su pequeño Manu, cumplía tres años. Iba a comprarle una tarta y un regalito y lo celebrarían todos juntos, en familia. Desde hacía algún tiempo no podía dar mucho a sus hijos; ni siquiera tiempo. Las cosas no habían sido fáciles para ella y decidió huir de su cárcel de golpes para comenzar a respirar... Vivían, practicamente, escondidos en esa habitación de la que Laura solo salía para echar una horillas limpiando casas o cuidando niños. Pero se había jurado que su mundo iba a cambiar y la tarta para Manu no faltaría ese día.

Perdí la pista de Laura en la caja del Súper, pensé que me había dado esquinazo. Allí, una cajera se fijó en mí. Me sentí casi halagado que, entre tantos, posara su mirada precisamente en mí...
      -Míra, Clara ¡qué viejo!... Hmm, habrá que dárselo al encargado... está tan deteriorado.
      -Sí... Observa, alguien escribió su nombre en este billete de 20€... "Jhony ... 20".




Porque sí, eso es lo que soy, tan solo un billete de 20€ ... Pero, con mucha imaginación.

Sabía que mi tiempo se agotaba.  Uno se da cuenta de estas cosas y más cuando se emiten campañas de recogida de billetes usados. Son cuestiones de sanidad... Lo entiendo.

He viajado, vivido y pasado por tantas manos y tantas carteras, que podría escribir un libro. Esto de ser un cuenta-cuentos lo pensé demasiado tarde. Aquí queda la historia de mi último día y del epitafio que alguien escribió, algún día en rojo, para mi:

Jhony 20


11 diciembre 2012

Los ojos de Lucía





Desde que alcanzo a recordar, Abuela siempre tuvo entre sus manos una libreta donde pasaba el tiempo escribiendo. Si llovía, encontraba inspiración en el agua. Cuando lucía un sol de justicia se asomaba por la ventana y, deslumbrada por la luz, tomaba su cuadernito y escribía. La nieve le proveía de mil motivos para llenar de anécdotas su pequeña agenda. Cada vez que evoco su memoria me viene a la mente la visión de una gran mujer menuda llenando páginas y más páginas de letras.

Mi madre decía que lo hacía para entretenerse con sus recuerdos de vida. Mamá se equivocaba.

Abuela completó numerosas libretas, cada una de color diferente a la anterior, que ella misma numeraba como si se tratase de los tomos de una gran enciclopedia.

Quizá la última imagen que impregnó mi retina fue la de una de sus agendas caída en el suelo. Frente a ella, callada y asustada, mi abuela Lucía observando nada por la ventana. Abuela sabía.

Sabía que el olvido quería adueñarse de su vida y robarle, uno a uno, todos los pasajes de su historia. En casa no supimos darnos cuenta a tiempo y cuando el médico puso nombre a su dolencia ya era tarde para cualquier tratamiento. El mal galopaba de forma veloz y despiadada. 



Tras la caída de su última libreta Abuela dejó de escribir y, en cierto modo, también dejó de ser.  Fue entonces cuando decidí arañar minutos al día para sentarme a su lado y leerle sus textos en voz alta. En esos momentos las manillas del reloj parecían correr hacia atrás. Presa de un encantamiento me transporté a su niñez donde conocí a sus padres, mis bisabuelos, y a sus mejores amigas de la infancia. Viví la ilusión en su noche de Reyes donde, con una simple naranja como regalo, se convertía en la niña más feliz del mundo. Conocí su escuela, que apenas le aportó las “cuatro reglas para manejarse en la vida”... He notado que, al escuchar estos fragmentos, abre mucho los ojos y muequea una sonrisa. Pienso que, por unos momentos, le roba protagonismo a su enfermedad y es su prodigiosa memoria, plasmada en cuadernos de celulosa, la que invade todo el espacio. Estaba convencida, y aún lo sigo estando, de que existía algo mágico en sus historias que la retuvieron más tiempo del previsto con nosotros. 

Le leí de su marido, el abuelo, un hombre severo, y he sabido que fue el único amor de su vida. También he conocido que no le hizo la vida fácil.  No cuenta grandes detalles pero entre lo que dice y lo que calla he comprendido lo mucho que sufrió...  La mayor parte de sus escritos hablan de sus hijos y de lo feliz que fue desde que los sintió en su vientre. El abuelo murió joven y ella luchó para sacar la familia a flote. ¡Y cómo luchó! 


Cuántas cosas he aprendido de mi madre y de mis tíos. Me emocionó leer mi primer día de guardería y lo que lloré... y lo que lloró. Mis suspensos con el bendito carné de conducir y las velas, que le ofreció por docenas a una estampita de San Judas, demandando el milagro... El esguince de Miguelín; la graduación de Rosalía; el divorcio del tío Miguel y su segunda boda; la opción sexual que nunca entendió del todo de mi hermano Manolo; el primer tatuaje de Maribel o aquel caballero que conoció un día de primavera en el parque y con el que nunca consintió llegar a más...

Sé que lucha por no sucumbir pero presiento que cada vez está más lejos y temo no disponer de tiempo suficiente para poder leerle todo. Lo que comenzó siendo algo entre las dos se ha convertido en una gran reunión familiar. Cada tarde sus libretas pasan de mano en mano entre sus hijos y nietos y uno a uno todos le vamos leyendo. Tengo miedo de llegar a la última letra de la última página porque pienso que la magia, que ha hecho posible mantenerla con nosotros este tiempo, desaparezca y termine por abandonarnos…

Mamá se equivocaba, y ahora conozco que Abuela comprendió antes que nadie lo que le ocurría y peleó mientras le fue posible recopilando, uno a uno, todos los recuerdos e ilusiones que guardaba en su interior. Nos dejó el mayor  regalo de nuestras vidas: la historia escrita de nuestra familia.

Cuando Abuela dejó de estar, recopilé todas sus agendas y hoy, con la misma pluma con la que ella escribía, firmo “Los ojos de Lucía” en una afamada librería y continúo trabajando en el empeño de mantener vivo su recuerdo.





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